
Historias fotográficas (2). Año 2001
En la primera parte nos habíamos quedado en la Epson PhotoPC 700, una cámara de 1 megapíxel con óptica fija. A finales de los noventa y primeros dos mil, la evolución tecnológica en fotografía digital era vertiginosa: cada año aparecían modelos que duplicaban o triplicaban prestaciones. No es como ahora, donde cuesta encontrar novedades realmente significativas.
Epson PhotoPC 3100Z: el gran salto
Poco después encontré la Epson PhotoPC 3100Z, que supuso un salto enorme respecto a aquella primera Epson.
Entre sus características destacaban:
- Resolución de 3,1 megapíxeles, que permitía impresiones de hasta 20 x 30 cm con calidad respetable.
- Zoom óptico 34–102 mm.
- Modos de prioridad a la apertura y a la velocidad.
- Grabación en JPEG y TIFF (por entonces ni se hablaba de RAW).
- Zapata para flash externo.
- Velocidades de obturación entre 8 s y 1/1000 s.
- Medición puntual y matricial.
- Grabación de vídeo a 320 x 240 píxeles.
- Conexión por USB, toda una novedad frente al puerto COM de las primeras digitales.
Visto con perspectiva, no estaba tan lejos de lo que ofrecen muchas cámaras actuales de gama básica. Lo importante es que ya permitía pensar en hacer fotografía más seria, aunque todavía había fotógrafos de carrete que miraban con desdén a las digitales… y en parte tenían razón: aún estaban lejos de la calidad del film.
El precio rondaba las 100.000 pesetas (600 €). Combinada con la impresora Epson Stylus Photo 1280, era posible incluso imprimir en A3 con resultados sorprendentes para la época. Las Stylus Photo marcaron un antes y un después: de repente se podían hacer copias en casa con calidad fotográfica, y con una variedad creciente de papeles. Eso sí, la velocidad era otra historia: recuerdo una impresión en A3 que tardó toda la noche, con el riesgo añadido de que el ordenador se colapsara y se perdiera tinta, papel y horas de espera.

Las Nikon Coolpix: diseño y versatilidad
Más o menos por la misma época llegaron a mis manos las cámaras de la serie Nikon Coolpix.
La primera fue la Coolpix 950, una cámara de 2 megapíxeles con óptica Nikon (zoom 3x), modos semiautomáticos, compensación de exposición y dos sensibilidades: ISO 100 y 320. Su rasgo más llamativo era el diseño: el cuerpo estaba dividido en dos bloques unidos por un eje, de manera que se podía girar la óptica y disparar en ángulos poco habituales.
Admitía flash externo, pero para ello era necesario un adaptador extraño, un armazón metálico que se enroscaba en la base del trípode. Difícil de encontrar y caro. Antes de conseguirlo, me las ingenié con un sistema casero: un flash sujeto a mano y disparado mediante una célula fotoeléctrica. Nada de TTL, claro, pero servía.


El siguiente paso fue la Coolpix 995, con resolución de 3 megapíxeles, zoom óptico 4x, velocidades de obturación de hasta 1/2300 s, ISO 800 y disparo en ráfaga. El diseño era idéntico al de la 950, salvo por un pequeño adorno de goma en la empuñadura.

Para esta cámara compré mi primera tarjeta CompactFlash: 42 MB que costaron unos 300 €, pagados en incómodos plazos. En El Corte Inglés la tenían en una vitrina como si fuera una joya. Pero a partir de entonces pude empezar a disparar mucho más, sin la limitación constante de la memoria interna.

ARRIBA: Fotografía hecha con la Coolpix 995
Mirada atrás
Con aquellas cámaras se abría un mundo nuevo. La Epson 3100Z permitió imprimir en grande en casa, y las Nikon Coolpix aportaron versatilidad y un diseño diferente. Cada paso suponía una mezcla de emoción, limitaciones técnicas y precios altísimos, pero también la certeza de que la fotografía digital había llegado para quedarse.
